Lo que aprendí en un año de enfermedad crónica
Pasé un año enfermo y descubrí la segunda flecha de Buda.
Querido lector(a),
Te escribo desde la costa mexicana. El calor es fuerte, pero hay una brisa que te roza la cara. De fondo se escuchan las olas del mar. Todo parece estar en paz.
La verdad es que he extrañado esto. El proceso de sentarme a ordenar lo que pienso y compartir ideas que puedan inspirar a alguien más (o incluso a mí mismo). Hay algo en escribir que me obliga a entender mejor las cosas. Y durante este último año, no tuve ni la energía ni la claridad mental para hacerlo.
Para resumirlo brevemente, he tenido muchos problemas de salud. El diagnóstico se puede resumir en long covid / lyme crónico, blah blah blah. Esencialmente, una enfermedad del sistema nervioso, un problema neuroplástico. Mi cerebro aprendió a generar dolor y síntomas reales como una respuesta de protección, incluso cuando el cuerpo ya no está en peligro. Y sin querer sonar negativo, esto ha cambiado por completo el rumbo de mi vida.
Paradójicamente, para bien (aunque ahorita me cueste admitirlo).
Cuando algo nos hiere, sentimos dolor. Pero el 99% de nuestro sufrimiento surge de la historia que nos contamos a nosotros mismos: la resistencia, el miedo, el “esto no debería estarme pasando a mí”. Esa segunda flecha, como la llamaba Buda, es la que de verdad nos hace sufrir.
Yo he sufrido con la historia que mi mente cuenta. La raíz de mi sufrimiento no es mi enfermedad. Es la historia que le doy. La comparación, los estándares que me pongo a mí mismo, el deseo de mejorar, la aversión a estar en cama.
En esta época, el sufrimiento parece sinónimo de vida. Todo mundo está persiguiendo algo o huyendo de algo. Este fenómeno se ve claramente en redes sociales. El próximo protocolo para verte mejor, la próxima dieta para bajar de peso, la razón por la cual no ganas suficiente dinero, lo que sea. Todo es veneno. Es una programación que insiste en que algo está mal contigo. Que eres inherentemente defectuoso. Que NECESITAS cambiar, porque de lo contrario simplemente no serás suficiente.
Los seres humanos anhelamos la aceptación más que ninguna otra cosa. Aceptación de nuestra tribu. Queremos sentir que pertenecemos, y más que nada, queremos ser amados, admirados y respetados.
Y lo que se nos expone día tras día es justo lo contrario. Se nos programa para pensar que no somos suficientes, y de ahí nace la mayor parte de nuestro sufrimiento. Una historia de vergüenza. Una historia de culpa. Una historia de que siempre tenemos que ser más, hacer más, tener más.
¿Qué tal si viviéramos desde lo opuesto? Desde un amor propio genuino. Uno que ve lo que tiene con gratitud en vez de enfocarse en lo que le falta. Creo que ahí empieza una vida con sentido en el siglo 21. El inicio de una vida bien vivida.
No dejes que el próximo protocolo de moda te engañe.
Siéntate, cierra los ojos y encuentra ese lugar que permanece quieto. Presta atención a lo que surge y se desvanece. Y mira por ti mismo: ¿quién es el observador en relación a lo observado? ¿Existe siquiera tal cosa?
Entonces, amigo mío, te darás cuenta de que no hay nada que necesites arreglar para ser suficiente.
De hecho, no hay nadie a quien arreglar.
Ya eres.
Vuelvo a caminar mi camino. No es fácil, pero me alegra poder hacerlo contigo otra vez.
Hasta la próxima,
Mati :)



Mejórate Mati. Te mando un abrazo de oso.
Gracias por compartir lo que te sucedio y tu respuesta a ello !, la resilencia lo es todo en la vida adulta. Somos nosotros siempre ! tu cerebro no aprendio mas que de lo que se le enseño. La salida es hacia adentro! Abrazo y buena vida